
A consecuencia de hachazos u otros golpes
de vez en cuando se te abre esa sandía que llevas por cabeza
y te entra en la mollera, como divino advenimiento o luz de día
que bien podrías hacer las cosas de otra forma,
y que tu agenda o rota o costumbre o rutina
que a ratos te parece tan correcta y certera
no es sino el marco difuso de tu viaje vital en un tren desbocado
que se empeña en seguir sin parada o respiro
hacía un final tan válido o deseable como otro cualquiera
un tren cargado quizá de sandías como la tuya
destinadas a quebrarse y desperdiciar al cabo su rojo jugo
en el choque postrero contra el muro esperable
demasiado tarde para un corte quirúrgico
Por eso, cerebro de sandía, es quizás el momento
de que entregues tu vieja pelota al cuchillo afilado de unas manos jóvenes
que corten esa esfera y así extraigan su supuesto saber, su posible dulzura
e introduciendo el morro en tu carne aún no ajada,
te vacíen de una vez de tus metas absurdas
y con labios carnosos te sorban la sesera.
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